martes, 14 de noviembre de 2017

El retraso

Hay mañanas en las que tras parecer haber superado con éxito la rutinaria contrarreloj diaria, todo se tuerce en el último momento. El niño espera junto a la puerta de casa abrigado como para afrontar una expedición al Himalaya. Las tazas ya descansan en el fregadero, tras mucha pelea secas como un pantano castellano. La camisa todavía luce las líneas del planchado que irán perdiéndose con el paso de las horas. Es entonces cuando te palpas los bolsillos y reparas en que faltan las llaves. O quizás el móvil. A lo mejor los goles y la sonrisa de Antoine.

En esos segundos de pánico todo se viene abajo. Esas ausencias hacen que el plan se derrumbe como un castillo de naipes. Buscas en todos los sitios posibles. Revuelves el cubo de la ropa sucia y, entre calcetines tiesos, encuentras declaraciones realizadas al borde de una piscina que no esconden las ganas de marcharse del Atleti. Finalmente, los objetos buscados acaban apareciendo aplicando solamente una pizca de pausa. Las más de las veces suelen estar en algún lugar previsible: las llaves en el cajón del mueble del pasillo de entrada, el móvil en el baño, justo al lado del rollo de papel higiénico. No obstante, cuando lo perdido es la actitud de un atacante, no solo basta pausa y detenimiento. Tal vez para reencontrarlos sea necesaria una estancia con todos los gastos pagados (la pasada revisión contractual manda) en el banquillo o la grada ¿Por qué conformarse con sacarle del campo diez minutos antes de un nuevo desastre? Normalmente, el cartelón del cuarto árbitro alivia pero casi nunca soluciona. Se entienden las sustituciones cuando el partido y el ánimo agonizan. Aferrados a un (no siempre) probable arreón final, ¿que sentido tendría colgar balones al área para que sean rematados de cabeza por alguien que la tiene en Manchester?


Pese a ser breve, el retraso ocasionado por la búsqueda trastoca el plan de forma irreparable. Se tuercen el día, la tarde o incluso la temporada. La existencia se compone de esos pequeños automatismos que la hacen llevadera. Cinco minutos de demora pueden suponer media hora más de atasco. Diez o quince partidos sin noticias de la estrella conllevan las casi segura eliminación en Champions. Cientos de trenes se escapan en esos instantes de zozobra. Miles de parejas se rompen. En millones de pases de la muerte el rematador no llega a contactar con el balón por una décima de segundo. El fútbol, o lo que es lo mismo, la vida, no esperan. Las mañanas y los pases entre líneas caducan a velocidad de relámpago. Con menos razón a aquellos que podrían utilizar su sueldo como eficaz repelente de la pereza. El tiempo de la comprensión y los perdones yace aquí, muerto a consecuencia de un retraso. Aunque lo parezca, la vida no es un tweet que pueda borrarse y empezar de cero. Da igual que sea suyo o de su hermano. 

jueves, 2 de marzo de 2017

A medio vestir

Andábamos tan enredados debatiendo sobre el buen juego o lo esquivo que se mostraba el gol que no supimos prestar atención a ciertas señales. Analizábamos si Gameiro era el primo pálido de Jackson Martínez o si había vida inteligente en el mediocentro. Cambiábamos y volvíamos a cambiar a Koke de posición utilizando el borrador de la pizarra. Discutíamos sobre los kilómetros de recorrido que le quedaban a Gabi o sobre si lo de Saúl era o no para tanto. Hablábamos también de Torres, claro. Demasiado, como siempre. Hablar de Fernando, hasta incluso algunas veces bien, ha llegado a convertirse en un deporte nacional íntimamente arraigado. Así pasaban los días, distraídamente, sin que a nadie se le ocurriera dudar de la defensa. Eso era inamovible. Cuando el Atleti cayera, la defensa seguiría en pie. Era lo único seguro. Quizás por eso ahora nos sentimos un poco a la intemperie. Desabrigados al ver que la defensa ya no es tan inexpugnable.

No hace tanto que la defensa del Atleti se mostraba inquebrantable. Este equipo fue construido a base de seguridad defensiva, sudor e intensidad. Recordamos decenas de partidos, especialmente a domicilio, en los que al adelantarse el Atleti en el marcador el encuentro se acababa. Daba igual la entidad del adversario. No importaba el asedio que pudiera venirse encima. Nada significaba que restaran cinco u ochenta y tres minutos. Un gol de los rojiblancos causaba en el rival un estado de desamparo parecido al que se producía cuando paraba la música y se encendían las luces de la discoteca. Sin la penumbra como aliada, el oscuro paisaje mágico lleno de posibilidades se tornaba en un descorazonador campo de batalla lleno de muertos vivientes. Un tanto rojiblanco devolvía de una bofetada a una realidad en la que hace tiempo que el hielo se había derretido en los vasos de tubo. Hubo más de un árbitro tentado de decretar el final nada más sacar de centro el equipo contrario ¿Qué sentido tenía prolongar la agonía? Todos sabíamos que nada malo iba a ocurrir. La defensa nos guardaba de cualquier mal. Dormíamos a pierna suelta porque la Guardia de la Noche velaba nuestro sueño en la retaguardia.


De un tiempo a esta parte, la defensa muestra debilidades más terrenales. Coger la espalda de los laterales ha dejado de ser un artículo de lujo. Los jóvenes centrales perdieron ese halo de veteranía que les adornaba incluso en el día de su debut y nuestro área ha dejado de ser un terreno vedado para cualquier actividad visitante. Se dan de tanto en tanto goles tras varios rebotes de esos en los que no se sabe si echar de menos una mayor fortuna o la contundencia de un central con bigote que no se andaba por las ramas. Sobre todas las cosas, se echa en falta a Godín, que no es poco.

Se pregunta la afición el porqué de que al uruguayo los ataques rivales le pillen a medio vestir tantas veces en los últimos tiempos. Sorprende ver al faraón despeinado y con la camisa sin abotonar cuando la jugada se presenta de improviso. Despistes que creíamos imposibles suceden. Tal vez la clave se esconda en la falta de rotación. Ahora que cualquier objetivo liguero que no pase por conservar la cuarta plaza ha entrado en el terreno de lo utópico, quizás llegó la hora de dosificar y cuidar al central. Dar la alternativa a los jóvenes, probar otras combinaciones en partidos de menos empaque. Eso sí, cuando las cosas se pongan serias, cuando el fuego se convierta en real, el charrúa siempre tiene que ser de la partida. Un Godín llegando una décima más tarde de lo normal al cruce sigue siendo uno de los mejores centrales del mundo. Diego posee la magia de ciertas estrellas del Hollywood clásico que, como Marilyn o como Mansfield, ganaban muchísimo a medio vestir. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

Se buscan valientes

“Se buscan valientes”, es el tema de moda que canta uno que es muy del Atleti, El Langui, para sensibilizar sobre el acoso escolar. Sobre el abuso del matón poderoso hacia el débil y anima a no callarse, a hacer frente, a no rendirse. Valentía requería ayer el partido y el Atleti regó con ella el terreno de juego del Camp Nou. Los primeros treinta minutos del choque se convirtieron en un canto a la osadía del que normalmente no alza la voz. No le quedaba otra al adversario que acularse y capear el temporal, privado del oxígeno que el balón supone para ellos. Gozaron los nuestros de varias oportunidades claras que no llegaron a dinamitar la eliminatoria por el nimio detalle de la falta de gol rojiblanco. Tal vez hubiera que encontrar valientes entre los medios para no dejar de poner el foco en el palco y preguntarse dónde está el gol que pidió Simeone en verano. Se cuenta que anda por la zona oeste de Londres, añorando la ribera del Manzanares.

Se buscaban valientes y el árbitro no fue uno de ellos. Gil Manzano, trencilla que aúna en sus apellidos aromas de oscuridad para la causa rojiblanca, se anunció cobarde mirando para otro lado ante un penalti tonto, pero penalti al fin y al cabo, a Torres en el primer acto. Su actuación medrosa se coronó con un gol legal anulado a Griezmann y un par de expulsiones al equipo local que deberían haberse producido un buen puñado de minutos antes. Como es costumbre en ciertos escenarios, el encargado de impartir justicia guardó silencio connivente. Perdemos horas a lo largo de la temporada en debatir sobre estilos, sobre alineaciones y sobre variantes aun a sabiendas de que hay algo que no varía nunca: el estilo de los que se siempre se alinean al lado del fuerte. El Cholo habló claro finalizado el partido. Anduvo valiente al señalar cómo funcionan las cosas en las competiciones locales e hizo un guiño a la Champions, que anda suelta todavía.


Se buscaban mediocentros de guardia ante lesiones y sanciones y Koke y Saúl despacharon un partido memorable. Se buscaba contundencia y la defensa la tuvo pese a correr más riesgos. Se buscaba un plus en la vanguardia y los de arriba lo intentaron hasta la extenuación. Se buscaban valientes que encajaran los golpes sin parecer acusarlos. Se buscaba osadía para no tirar nunca la toalla. Se buscaba audacia para empequeñecer a uno de los rivales más serios que puede uno encontrarse en el camino. Se buscaba arrojo para creer y seguir haciéndonos creer. Se buscaba decisión para mantener nuestros corazones en un puño hasta el pitido final. Se buscaba templanza para calcular las posibilidades de una empresa casi imposible. Se buscaba valor y al Atleti le sobró. Cuando los acontecimientos suceden así, no queda otra que enorgullecerse y olvidarse de los resultados como se olvidan las traiciones de los amores de una noche.

Se buscan valientes y los hemos encontrado. Visten todos de rojo y blanco.

martes, 7 de febrero de 2017

Elegí volver a creer

Sí, es cierto que será difícil. Podría decirse que casi imposible…

La desventaja en el resultado. La carga de partidos. La entidad del rival. Las dudas sobre el estilo. La supuesta crisis. Lo de Vitoria o lo de la primera parte en el partido de ida. La facilidad con la que últimamente nos llegan. La nostalgia por la intensidad perdida. La ausencia de Gabi, líder espiritual sobre el campo de este grupo. La abulia de Carrasco en los últimos choques. El poco crédito que le queda a Gameiro. Las lesiones de Tiago y Augusto. El peso en las piernas de Koke y Saúl. Las inacostumbradas salidas en falso de Godín. La inseguridad a la hora de lanzar los penaltis de Antoine. La falta de Oblak. El dolor por lo de Lucas. Lo esquivo que se muestra el gol de un tiempo a esta parte. La dificultad de convertir situaciones esquivas en calcetines a los que darles la vuelta.

…pero decirlo sería una muestra de desconfianza imperdonable hacia este grupo que tanto nos ha dado…


La ilusión por despedir al Calderón con un título. La fuerza para sobreponerse. La historia que narra que el Atleti nunca se rindió. Los episodios de buen juego ante el Leganés y la esperanzadora segunda parte del partido de ida. La intensidad a encontrar. El vaticinio de Gabi, seguro de no perderse la final por algo tan nimio como una acumulación de tarjetas. Aquella jugada de Carrasco contra el mismo rival en la que desarboló a la retaguardia enemiga. La solvencia sin estridencias de Moyá. El aroma de cantera de Koke y Saúl. La ratonería de Correa. El mágico compromiso de Griezmann. La tradición de manejarse bien al contragolpe. El recuerdo del cabezazo de Godín que incendió nuestras vidas. Por encima de todo, el estado de forma de Fernando. Su capacidad para quitarnos varios años de encima con solo verle saltar al campo. Sus goles frente a este rival. Su experiencia en partidos grandes. La presencia de Simeone en el banquillo.

…elijan ustedes bando. Yo ya lo hice. Elegí volver a creer…

jueves, 2 de febrero de 2017

La canción que silbó Torres

Cabalgaba el partido por el yermo terreno de la desesperanza cuando Torres hizo acto de presencia sobre el césped. Quien más y quien menos calibraba el tamaño del boquete que el rival pudiera hacer y si la herida afectaría a órganos vitales de aquí al final de la temporada. El Atleti, cautivo durante cuarenta y cinco minutos, no alcanzaba a ver el horizonte tras el muro coronado de alambre de espino que rodeaba el campo de internamiento en el que el adversario le confinó arrebatándole el balón y la moral. El descanso descubrió a las ilusiones rojiblancas asustadas en un rincón. Hacinadas en insalubres barracones que las ocultaban de sus captores. Ellos parecían más altos, más guapos, mucho mejor armados. Parecía no existir más opción que la rendición. Y entonces salió Fernando.

Ciertamente Torres ya no es el de Viena. Tampoco es probable que nos vaya a regalar goles imperiales como aquel del Villamarín ni arrancadas llenas de potencia de las que poblaron de pesadillas los sueños de un buen número de centrales en la última década. A veces se deja el balón atrás. En ocasiones se nota que la cabeza le funciona mucho más ágilmente que las piernas. Tal vez no sea el nueve titular con el que el Atleti pueda afrontar según qué batallas. Todo eso es verdad. También lo es que él nació para este tipo de partidos. Los lleva jugando desde que era un adolescente. Saltó al campo apartando el desánimo de compañeros y grada y entonces ocurrió.


Peleó un par de balones que parecían perdidos. Aguantó una pelota hasta que los centrocampistas se sumaron al ataque. Forzó un córner. Presionó. Se atrevió a mirar a los ojos a los captores. Se plantó ante el potente fuego rival sin miedo y comenzó a silbar bajito una melodía que todos conocíamos. Seguidamente se sumó Gabi. Godín volvió a ganar todos los balones por alto en ambas áreas. Filipe redescubrió la banda izquierda y Griezmann comprendió que no era imposible. Hasta Carrasco, inmerso en otro partido merecedor de patada a una botella de agua, pareció renacer.

Lo que empezó con un silbido se había convertido en un rugido atronador. Miles de voces cantando a coro la canción que Fernando había comenzado. Una canción que habla de no resignarse. De creer. De nunca bajar los brazos. De saber que siempre hay esperanza cuando en la camiseta las rayas son rojiblancas. Una canción nacida de las entrañas. Una canción escrita por el Calderón en noches como la de ayer. Una canción cuya letra, por encima de todo, habla de dignidad. Una canción que explica al Atleti, más allá de cualquier resultado. 

jueves, 26 de enero de 2017

La sombra del Calderón

Ahora que se va haciendo más grande cada día en el horizonte la fecha en la que el Calderón bajará el telón, se hace necesario exponer lo que uno echará de menos cuando llegue esa maldita hora. Ante nosotros desfilarán todos los recuerdos: los goles celebrados, las lágrimas que la emoción hizo aflorar, los abrazos con desconocidos convertidos en hermanos, el eco del estadio cuando canta, el cosquilleo sentido en las plantas de los pies cuando vibra, su microclima preñado de esa humedad desaconsejada seriamente por los traumatólogos. Echaremos de menos incluso la solera del polvo que adorna sus asientos y esas excursiones a los baños en las que los allegados te despiden como si fueras a embarcarte en un Paris-Dakar mientras susurran una oración por tu alma y te ruegan que intentes aguantar hasta el final del partido. Sí, de todo eso nos acordaremos cuando al recinto de la ribera del Manzanares le echen el cierre pero, servidor de ustedes, principalmente echará de menos otra cosa. La sombra del Calderón.

La primera vez que fui consciente del poder de la sombra del Calderón fue a mediados de los ochenta. En cuanto te apeabas del 36 en la última parada del Paseo de Pontones, la mirada se desviaba inevitablemente hacia esa mole de hormigón que parecía querer tapar los rayos de sol que pretendían escapar de su marcaje. Durante cuatro años, todos y cada uno de los días lectivos mi vista se posó en el coliseo rojiblanco. Yo era un alumno recién llegado al instituto que se encuentra a la vera del estadio. El Gran Capitán. El tercer vértice de esa trinidad formada por la antigua fábrica de Mahou y, sobre todo, por el Vicente Calderón. Las horas pasaban entre clases de Lengua y Biología, entre travesuras y miradas tímidas a las chicas, pero siempre bajo la estricta vigilancia del aroma a lúpulo fermentado y de la imponente sombra del recinto proyectada sobre el patio del centro educativo. A la hora del recreo, los compañeros que éramos del Atleti nos escapábamos para ver entrenar al equipo. Sentados en los antiguos asientos corridos enfermos de aluminosis, dábamos cuenta de cuñas y palmeras de chocolate mientras Luis Aragonés paseaba, cigarrillo en mano, supervisando los ejercicios de los jugadores. A unos metros de nosotros, los miembros de la plantilla de nuestro equipo se ejercitaban y cuando un balón se escapaba hacia donde estábamos, peleábamos por ser quien se lo devolviera a Landáburu o a Quique Ramos. Hubo una vez, incluso, en la que Mejías nos abroncó por hacer demasiado ruido y nos fuimos a clase de Filosofía preocupadísimos por haber desconcentrado a nuestros héroes.


A lo largo de aquel tiempo loco y feliz, la sombra del Calderón vio cómo madurábamos. Cómo pasábamos de ser niños y niñas a los proyectos de hombres y mujeres que somos hoy. A través de ese camino, su sombra nos sirvió de alivio cuando en clase de gimnasia dábamos vueltas alrededor del estadio para completar un test físico ideado por algún sádico de apellido anglosajón. Su sombra fue compañera de nuestras primeras borracheras con esas litronas por las que te devolvían cinco duros si llevabas el envase de vuelta a la bodega. Oculto entre sus benditas penumbras besé por primera vez a una chica. A su sombra se detuvo el Porsche amarillo de Futre para firmarnos aquella camiseta que todavía hoy guardamos, deshilachada, en el altillo del armario. Su sombra fue capaz de arrancarle a Abel una sonrisa cuando compartió con nosotros un café con porras en aquel mesón de la calle San Alejandro. Su sombra nos reconfortaba ante los suspensos y celebraba con nosotros los aprobados raspados. La influencia de la sombra del Calderón no solo se circunscribía a los días de clase y rutina. Los días de partido se mostraba aún más resolutiva. Cuando el frío arreciaba, la sombra se apartaba, comprensiva, para dejar que nos acariciara el tímido sol que se colaba por el hueco del marcador del fondo sur. Cuando el calor mordía, ahí llegaba la sombra al rescate. Dispuesta a darnos un respiro y a poder descansar la mano con la que a modo de visera intentaba uno enterarse de lo que ocurría sobre el césped.

Convertido ya en un adulto, no hay un día de los que me acerco al estadio que no quede maravillado por el influjo de su sombra. Allí sigue, impertérrita. La sombra del Calderón sigue cumpliendo con su cometido de manera admirable a pesar de tener que escuchar que no es la sombra de un estadio moderno. Que si seguimos aferrados a ella el equipo no crecerá. La dejadez con la que los encargados de cuidar el templo rojiblanco se han conducido con él no ha mermado el compromiso de su sombra para con todos nosotros. Nos cuentan que la sombra del futuro no se proyecta sobre el Paseo de los Melancólicos ni sobre Virgen del Puerto. Nos cuentan que para encontrar el último grito en sombras hay que mudarse a los confines de la ciudad. Pobre sombra, ninguneada después de tantos años de dedicación.

Hace unos días paseaba cerca de lo que será, si el diablo no lo remedia, el futuro estadio del Atleti. Con ánimo divulgativo calculé la trayectoria solar, los ángulos de refracción y la opacidad de los materiales utilizados en la obra y reparé en que La Peineta, también conocido como el estadio de los tres nombres, no tiene sombra. Podría decirse que será un estadio vampiro que tal vez tampoco se refleje en los espejos. Quizás a eso se refieran cuando evangelizan sobre la modernidad. Solo sé que la sombra del Calderón seguirá existiendo eternamente, aunque lo derriben para construir un centro comercial o una tienda de muebles sueca. Dentro de ella quedarán atrapados los recuerdos y las vivencias. Las risas y los llantos. El sonido de los aplausos y el retumbar de los goles. Pasarán los años y, al apearme de nuevo en la última parada del 36 en el Paseo de Pontones, la mirada se me desviará inevitablemente hacia el estadio que ya no estará, pero podré maravillarme de nuevo con su sombra, que permanecerá para siempre. 

martes, 17 de enero de 2017

De debates, silbidos y rictus canallas

Tras meses de dimes y diretes el Atleti ha sido capaz de zanjar el debate estético del buen juego de un plumazo. Ahora no hay dudas. Juega rematadamente mal y gana, lo que provoca serios ataques de amargura en los defensores del barroco balompédico de ésta y aquella acera. Después de alejarse de la identidad propia y de los puestos nobles en un final de año preocupante, Simeone decidió replegarse a territorio conocido para espantar debates. Portería a cero y aprovechar al máximo los errores del rival para, a partir de ahí, construir de nuevo el imperio que pareció llegar a tambalearse cuando quiso convertirse en lo que nunca fue.

Con esas dos premisas como cimientos y a la espera de que las piernas vuelvan a ponerse a la altura de la cabeza, los colchoneros retoman el pulso de una liga que parecía lejanísima y ahora luce comprimida en pocos puntos. Ahora que en el horizonte se atisba lo mollar, vuelve a colarse el Atleti por cualquier resquicio. Es cierto que a veces desespera, que se muestra espeso en combinaciones que hace un tiempo parecían surgir instintivamente, que se comporta rácanamente con el gol y que incluso inventa falsos mediocentros donde no los hay, pero ahí los tienen. Aspirando a todo.


Pretendieron hacernos creer que esta temporada estaba condenada a flores y poesías. Se dijo de antemano que las competiciones premiarían postreramente a los supuestos creadores de lo excelso. Solo había hueco para hablar de records, de premios individuales y de monsergas como la BBC o la MSN. Quisieron tentarnos con champán para que abandonáramos los minis de calimocho o de cerveza. Algunos lo compraron. Lo asumieron. Lo interiorizaron. Pueden ustedes reconocerlos silbando a la mínima de cambio. Pobres. Ni el silbido les libra de reconocer que equivocaron el camino. Serían mucho más felices en otros estadios con otras bufandas colgadas al cuello.

Si ustedes pudieran adentrarse en la sala de fiestas en la que se reparte la gloria futbolística, repararán que en los dos reservados situados junto a la entrada se acomodan los invitados vip de siempre. Los esperados. Visten con sus mejores galas y brindan repartiendo falsas sonrisas alimentadas con la palabrería diaria destinada a ensanchar sus ya crecidísimos egos mientras se vigilan mutuamente. Junto a la barra se sitúa un tercer asistente. Su mirada huidiza denota que todavía no acaba de creer su presencia en el sarao. Pide copas de fino o de rebujito para templar los nervios y no parecer fuera de lugar. Al fondo, en el rincón más oscuro del local, un último invitado bebe solo, pausadamente. En su rictus canalla se dibuja una media sonrisa amenazadora que los demás asistentes esquivan sabiendo su merecida fama de antipático. Con un gesto de cabeza que el camarero detecta al segundo pide otra. Se acomoda en el asiento para observar y al hacerlo deja entrever los colores de su atuendo. Viste de rojo y blanco. 

viernes, 13 de enero de 2017

De enlaces, amores y balones parados

Hubo en tiempo en que cada córner a favor del Atleti se celebraba con la intensidad de la boda de tu último amigo soltero. Cuando un rival acosado se veía obligado a ceder un saque de esquina, uno lamentaba no haber pedido hora en la peluquería con la suficiente antelación. Daban ganas de abrazarse al vecino de localidad de antemano, pese a que sistemáticamente te dejara los zapatos llenos de cáscaras de pipas en cada partido. Entretanto, Koke o Gabi se acercaban al banderín con una sonrisa de oreja a oreja, vestidos de rigurosa etiqueta, a la vez que a los centrales el resto de compañeros les iban dando palmadas de felicitación en la espalda mientras recorrían el camino alfombrado hacia el área contraria. “¡Están radiantes!”, añadían algunas señoras que asistían al evento por parte del equipo lanzador del córner. Cuenta la leyenda que existe una foto que retrata a Raúl García sacudiéndose los granos de arroz que se le habían quedado atrapados entre el pelo tras rematar inapelablemente un servicio desde el flanco izquierdo. A medida que los jugadores se dirigían a campo propio para retomar sus posiciones, señores con traje oscuro emergían de los vomitorios repartiendo puros entre el público y brindando con sidra El Gaitero a la salud de los contrayentes. Cualquiera que lo haya vivido sabrá que no exagero lo más mínimo. Así era la cosa.

De pronto, un día reparamos en que los saques de esquina habían dejado de celebrarse como es debido. Ya no eran lances convertidos en una cuidada invitación para ser testigo del enlace rojiblanco con el gol. El Atleti seguía botando varios en cada partido, sí, pero ya no volvieron a tener ese aroma festivo que llegaron a poseer un tiempo atrás. En estos casos, suele echarse la culpa a la rutina, que gana volumen alrededor de la cintura dejando la vida perdida de momentos insustanciales. El desgaste que conlleva cualquier convivencia se apropió de las jugadas a balón parado y las transformó en un trámite burocrático al que casi no apetecía asistir. Las noches de boda mudaron en comidas de domingo con los suegros sin previo aviso. Se nos rompió la pizarra, de tanto usarla.


Pasaron los meses y los partidos sin signos de recuperación de la chispa de antaño. Algunos apuntaban a las ausencias, muy especialmente a la del navarro, que dejó un gélido hueco de nostalgia con forma de nariz aguileña a la altura del primer palo, pero el caso es que nos acostumbramos a convivir con un Atleti vulnerable en los corners ajenos e irrelevante en los propios. El banquete se trasladó a nuestro área, donde nos hacía mucha menos gracia. Cuando alguien preguntaba sobre el estado de la relación con el balón parado, muchas veces se aludía a que quedaba el cariño, que es como reconocer que aquel amor primigenio estaba sepultado bajo seis palmos de tierra. Aquí yacen las jugadas de estrategia, llegó a leerse tras un choque con diez saques de esquina, a cuál de ellos peor ejecutado.

Embarcados en una travesía para retornar a las esencias del Cholismo, los vigías de Simeone volvieron a avistar este pasado fin de semana la tierra prometida de un gol tras saque de esquina. Cierto es que fue en posición ilegal y más cierto aún es que se trata solamente del segundo de los tantos que esta temporada ha llegado tras pelota estática. Muy rácano balance, también es verdad. Siendo pronto para sacar conclusiones en asuntos del corazón como estos, parece que el Atleti ha comprendido que la pizarra conforma la santísima trinidad de los valores que hasta este punto nos trajeron junto con el esfuerzo y la virginidad de la portería propia. Tal vez el tanto de Saúl en Ipurúa quede como una rara y anecdótica flor nacida en el páramo que el divorcio total con el balón parado dejaría, pero permitámonos soñar. Redescubrir lo acaso olvidado. Recordar aquellos días en los que el área pequeña rival se engalanaba para estar a la altura de la ceremonia. Cuando el amor entre el Atleti y el balón parado alcanzó su máxima expresión mientras Godín murmuraba “sí, quiero” tras besar con la frente un balón perdidamente enamorado que valió una liga.